lunes, 4 de febrero de 2013

Acta de Instalación del Congreso de Angostura

 














 Licenciado Francisco Antonio   Zea, Presidente del Congreso del Congreso de  Angostura.

AÑO 1819


 ACTA DE INSTALACIÓN DEL SEGUNDO            CONGRESO NACIONAL DE VENEZUELA
En la ciudad de Santo Tomás de Angostura, a quince días del mes de febrero año del Señor de mil ochocientos diez y nueve, nono de la Independencia ­de Venezuela, a las diez y media de la mañana, se reunieron en virtud de citación del jefe supremo de la República, Simón Bolívar, en el Palacio del gobierno para la instalación del Soberano Congreso Nacional, convocado por el mismo Jefe Supremo en veintidós de octubre del año próximo pasado, señores Diputados, cuyos nombres siguen:
Nombrados por la parte libre de Venezuela
En la provincia de Caracas:
Doctor Juan Germán Roscio Doctor Luis Tomás Peraza Licenciado José España Señor Onofre Basalo
Señor Francisco Antonio Zea.
En la provincia de Barcelona:
Coronel Francisco Parejo
Coronel P. Eduardo Hurtado
Licenciado Diego Bautista Urbaneja Licenciado Ramón García Cádiz Señor Diego Antonio Alcalá.

En la provincia de Cumaná:
General en Jefe Santiago Mariño
General de Brigada Tomás Montilla
Doctor Juan Martínez Coronel Diego Vallenilla.

En la provincia de Barinas:
Doctor Ramón Ignacio Méndez
Coronel Miguel Guerrero
General de División Rafael Urdaneta
Doctor Antonio María Briceño.
En la provincia de Guayana:
Señor Eusebio Afanador
Señor Juan Vicente Cardoso
Intendente de Ejército Fernando Peñalver
General de Brigada Pedro León Torres.

En la provincia de Margarita:

Licenciado Gaspar Marcano
Doctor Manuel Palacio
Licenciado Domingo Alzuru
Señor José de Jesús Guevara.

Y sin embargo de que faltaban cuatro diputados para completar los treinta de que debe constar el Congreso, se procedió a su instalación en virtud del reglamento convocatorio, que sólo exige para ella la presencia de las dos terceras partes de los representantes, verificándose con la solemnidad y  formalidades siguientes:
Tres cañonazos anunciaron a las once la venida del Jefe Supremo acompañado de su Estado Mayor General, del Gobernador de la plaza y Comandante General de la provincia, y de todos los jefes y oficiales que se hallan en esta capital. Los señores Diputados salieron a recibirlo fuera de las puertas del palacio, y conduciéndolo a la sala destinada a sus sesiones, le dieron el asiento preeminente bajo el solio nacional. El concurso de ciudadanos extranjeros de distinción era extraordinario.
El Jefe Supremo abrió la sesión por la lectura de un largo discurso, cuyo objeto principal era exponer los fundamentos de un proyecto de Constitución ­que presentaba al Congreso, y hacer ver que era la más adaptable al país. Habló muy de paso de su administración en las circunstancias difíciles de la República, ofreciendo que los secretarios del Despacho darían cuenta de sus respectivos departamentos con los documentos necesa­rios para tomar un exacto conocimiento del estado real y positivo de la República .y. sólo insistió en recomendar al Congreso la confirmación de la libertad concedida sin restricción alguna a los esclavos, la del establecimiento de la Orden de los Libertadores, y de la Ley de Repartimiento de Bienes nacionales entre los defensores de la patria, como que eran estas las únicas s de sus heroicos servicios. Encargó también muy particularmente al Congreso fijase principalmente su atención en fundar la deuda y proveer a su más pronta extinción, exigiéndolo así la gratitud, la justicia y el honor. 
Terminado su discurso, añadió: "El Congreso de Venezuela está instalado y en el reside desde este momento la soberanía nacional: mi espada (empuñándola) y las de mis ínclitos compañeros de armas están siempre prontas sostener su augusta autoridad. ¡Viva el Congreso de Venezuela!". A esta voz, repetidas muchas veces por el concurso, se siguió una salva de artillería.
El Jefe Supremo invitó entonces al Congreso a que procediese a la elección  de un Presidente interino para entregarle el mando. Resultando electo a viva voz el diputado Francisco Antonio Zea, Su Excelencia le tomó el juramento sobre los santos Evangelios, y en seguida a todos los miembros, uno a uno.  Concluido el juramento Su Excelencia colocó al Presidente en la silla que ocupaba él mismo bajo el solio, y dirigiéndose al cuerpo militar dijo: "Señores  Generales, Jefes y oficiales, mis compañeros de armas: nosotros no somos más .que simples ciudadanos hasta que el Congreso-Soberano se digne emplearnos en la clase y grados que a bien tenga. Contando con vuestra sumisión, voy a darle en m nombre y el vuestro las pruebas más claras de nuestra obediencia, entregándole el mando de que yo estaba encargado". Diciendo esto se acercó al Presidente del Congreso, y presentándole su bastón, continuó: " Devuelvo a la República el bastón de General que me confió. Para servirla cualquier grado o clase a que el Congreso me destine, es para mí honroso: en él daré ejemplo de la subordinación y de la ciega obediencia que deben distinguir a todo soldado de la República". El Presidente dirigiéndose al Congreso dijo: "Parece que no admite discusión la confirmación de todos los grados y empleos conferidos por Su Excelencia el general Simón Bolívar, durante su Gobierno: sin embargo pido para declararlo la aprobación expresa del Congreso. ¿Parece Congreso que los grados y empleos conferidos por Su Excelencia el general Simón Bolívar, siendo Jefe Supremo de la República, sean confirmados. Todos los diputados, poniéndose en pie respondieron que sí, y el Presidente continuó: "El Soberano Congreso de la República confirma en la persona de Su Excelencia el capitán general Simón Bolívar todos los grados y empleos  conferidos por el mismo durante su Gobierno", y devolviéndole el bastón, le dio asiento a su derecha. Después de algunos momentos de silencio el Presidente habló en estos términos:

"Todas las naciones y todos los imperios fueron en su infancia débiles y pequeños, como el hombre mismo a quien deben su institución. Estas grandes ciudades que todavía asombran la imaginación: Menfis, Palmira, Tebas, Alejandría, Tiro, la capital misma de Belo y de Semíramis, y tú también soberbia Roma, señora de la Tierra, no fuiste en tus principios otra cosa que una mezquina y miserable aldea. No era en el Capitolio, no en los Palacios Agripa y de Trajano; era en una humilde choza, bajo un techo pajizo en que Rómulo, sencillamente vestido, trazaba la capital del mundo y ponía los fundamentos de su inmenso Imperio. Nada brillaba allí sino su genio; nada había  de grande sino él mismo. No es por el aparato ni la magnificencia de nuestra instalación, sino por los inmensos medios que la naturaleza nos ha proporcionado y por los inmensos planes que vosotros concebiréis para aprovecharlos, que deberá calcularse la grandeza y el poder futuro de nuestra República.
Esta misma sencillez, y el esplendor de este grande acto de patriotismo de que el general Bolívar acaba de dar tan ilustre y memorable ejemplo, imprime a esta solemnidad un carácter antiguo, que es ya un presagio de los altos desti­nos de nuestro país. Ni Roma ni Atenas, Esparta misma en los hermosos días de la heroicidad y las virtudes públicas no presenta una escena más sublime ni más interesante. La imaginación se exalta al contemplarla, desaparece los siglos y las distancias, y nosotros mismos nos creemos contemporáneos de los Arístides y los Fociones, de los Camilos y los Epaminondas. La misma filantropía y los mismos principios liberales que han reunido a los jefes republicanos de la alta Antigüedad con esos benéficos emperadores Vespasiano, Tito, Trajano, Marco Aurelio, que los ellos a este modesto General;  y entre ellos obtendrán los honores de la historia y las bendiciones de la posteridad.  No es ahora que pueda justamente apreciarse el sublime rasgo de virtud patriótica de que hemos sido admiradores, más bien que testigos cuando nuestras instituciones hayan recibido la sanción del tiempo, cuando  todo los débil y todo lo pequeño de nuestra edad, las pasiones, los intereses y las vanidades hayan desaparecido, y sólo queden los grandes hechos y los grandes hombres, entonces se hará a la abdicación del General Bolívar toda la justicia que merece, y su nombre se pronunciará con orgullo en Venezuela, y en el mundo con veneración. Prescindo de todo lo que él ha hecho por nuestra libertad.  Ocho años de angustias y peligros, el sacrificio de su fortuna y de su reposo, afanes y trabajo indecidibles, esfuerzo de que difícilmente se citará  otro ejemplo en la historia, esa constancia a prueba de todos los reveses, esa firmeza incontrastable para no desesperar de la salud  de la patria, viéndola subyugada, y él desvalido y solo: prescindo, digo, de tantos títulos, que tienden a la inmortalidad, para fijar solamente la atención en lo que estamos viendo y admirando.  Si él hubiera renunciado la autoridad suprema cuando ésta no ofrecía más que riesgos y pesares, cuando atraía sobre su cabeza  insultos y calumnias y cuando no era más un título al parecer vano, nada hubiera tenido de laudable y mucho de prudente; pero hacerlo en el momento en que esta autoridad comienza a ter algunos atractivos a los ojos de la ambición, y cuando todo anuncia próximo el término dichoso de nuestros deseos, y hacerlo de propio movimientos y por el puro amor de la libertad, es una virtud tan heroica y tan eminente, que yo no se si ha tenido modelo, y desespero de que tenga imitadores.  Pero que, ¿Permitiremos nosotros que el general Bolívar se eleve tanto sobre sus conciudadanos, que los oprima con su gloria, y no trataremos al menlos de competir con él en nobles y patrióticos sentimientos, no permitiéndole salir de este augusto recinto sin revestirle de esa misma autoridad que él se ha despojado por mantener  inviolable la libertad, siendo éste precisamente el medio de aventurarla?”.-"No, no –repuso con energía y vivacidad el General Bolívar-, jamás, jamás, volveré a aceptar una autoridad a que para siempre he renunciado de todo corazón por principios y por sentimiento”.  Continuó exponiendo los peligros que corría la libertad, conservando por mucho tiempo un mismo hombre la primera autoridad: manifestó la necesidad de precaverse contra las miras de algún ambicioso, contra las de él mismo que no tenía la seguridad de pensar y de obrar siempre del mismo modo, y terminó su discurso protestando en el tono más fuerte y decisivo que en ningún caso, y por ninguna consideración volvería jamás a aceptar una autoridad, a que tan cordial y tan sinceramente había renunciado para asegurar a su patria los beneficios de la libertad.  Concluida su contestación, pidió pemiso para retirarse,  y el Presidente se lo concedió, nombrando una diputación de diez miembros para que lo acompañase.
En seguida se trató en el Congreso de nombrar un Presidente interino de la República; pero ocurriendo muchas dificultades para la elección, se acordó que el general Bolívar ejerciese este poder por veinticuatro, o a lo más por cuarenta y ocho horas; y se mandó una Diputación presidida por el general Mariño a comunicarle esta resolución. El general Bolívar contestó que sólo por consideración a la urgencia admitía el encargo, bajo la precisa condición de que sólo fuese por el término prefijado.
Terminado un negocio tan urgente, y siendo ya demasiado tarde, acordó el Soberano Congreso emplazarse para el siguiente día, a las nueve y media de la mañana, asistir en cuerpo acompañado del Poder Ejecutivo, Estado Mayor, generales, jefes y oficialidad del Ejército y de la plaza, a la santa iglesia Cate­dral, a dar a Dios solemnes acciones de gracias por el beneficio de habernos concedido la feliz reunión de la Representación Nacional para fijar la suerte de la República, dándole una Constitución libre y capaz de elevarla a la altu­ra de su destino natural. El señor Presidente declaró terminada la sesión de la instalación del Soberano Congreso de Venezuela, cuya acta será firmada por todos los señores Diputados y por el Jefe Supremo, que depuso su autoridad en este día, y por el Secretario nombrado interinamente para este acto.
Simón Bolívar – Francisco Antonio Zea
Juan Germán Roscio – Luis Tomás Peraza – José de España –Onofre Basalo – Francisco V. Parejo – Eduardo A. Hurtado –Ramón García Cádiz – Diego Antonio Alcalá – Santiago Mariño –Tomás Montilla – Juan Martínez – Diego de Vallenilla –Ramón Ignacio Méndez – Miguel Guerrero – Rafael Urdaneta –Antonio María Briceño – Eusebio Afanador – Juan Vicente Cardoso –Fernándo de Peñalver- Pedro León Torres – Licenciado G. Marcano – Manuel Palacio Fajardo – Domingo  Alzuru – J. J. Guevara – Diego B. Urbaneja, vocal secretario interino.












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